Monday, October 17, 2011

Música para enrollar

Existe un comportamiento que entronca con proyectarse fuera de uno mismo y las ganas de promoción social. Este comportamiento se traduce en creerse, fliparse de modo contenido, como quien no quiere nada excepto pasar un rato de la mejor manera posible en un ambiente festivo de reciprocidad pero haciéndose notar, llamando la atención a base de poses, carismas, palabras y gestos.

En ese ambiente festivo yace un factor básico para que todo se desarrolle bajo los parámetros del autoflipe. Ese factor es la música para enrollar.

Sólo hay que fijarse en el bar, reunión, fiesta o club y lo que lo envuelve. Más allá del olor a perfumes, colonias, combinados, el sonido de tacones o de términos tales como ya ves, pues sí, anda ya, no me digas, guapa, una más o ese chaval, laten melodías y ritmos cuya misión es poner el sonido a la celebración humana.



La música para enrollar acompaña risas, posturas, miradas y deseos de, por ejemplo, ser o estar con la más guapa o con el más popular. Esta sonoridad hace que de pronto cualquiera se sienta sensualmente proclive a diversos ritos de jolgorio y, en algunos casos, de acercamiento carnal. Además hace que se desate el ancestral afán de fiestear por fiestear. Porque de lo que se trata es de ser parte del elenco protagonista del júbilo y del ambiente reinante para que el momento sea inolvidable, entretenido. Para que sea lo más.

Pero está música está condicionada, como no podía ser de otro modo, por las circunstancias de contexto social que engloban a los congregados. Así pues en un ambiente de previsible fragor popular el rollo llegará con "El Gato Montés" o "Paquito El Chocolatero" mientras que en un club indie de facción moderna, de por sí algo caduco pero enrollable, triunfará "Kids" de MGMT o cualquiera de Arcade Fire, hábiles enrolladores que con sus canciones preparadas para corear consiguen que cualquiera se sienta parte de la epopeya pop para acabar abrazado a sus amigos saltando y sintiéndose en un gran escenario. El flipe se ha manifestado, la música para enrollar ha cumplido su cometido.

Pero su influjo vá más allá de lo verbal de sus formas. Horteradas tales como Boys Noize o Justice son buenas muestras de cómo enrollar a base de ritmo y frecuencias para creerse estratosféricos y futuristas del siglo XXI, o nuevos punks, o electro punks, neo virtuales o lo que sea.

Y es que el enrolle sónico traspasa épocas y estilos porque el himno cala en lo profundo del animado entregado y le desabrocha la camisa de lo habitual y lo hace sentirse brillante y especial, apetecible y alegre, majete, interesante y con algo que aportar al evento que está en pañales y que promete.



Sobran ejemplos: desde "La Raspa" de La Torre, Carreras y García hasta el "Heroes" de David Bowie. Desde "Trash", "There's A Light That Never Goes Out" y "Common People" de Suede, The Smiths y Pulp, respectivamente, hasta "Enola Gay", "Can't Get You Out Of My Head" y "Malo" de O.M.D., Kylie Minogue y Bebe.

Desde "Smells Like Teen Spirit" y "Como Yo Te Amo" de Nirvana y Raphael hasta "Chiquilla" y "Crazy In Love" de Seguridad Social y Beyoncé, o desde "Eres Tú" y "Groove Is In The Heart" de Mocedades y Deee-Lite hasta "I Will Survive" y "The Bells" de Gloria Gaynor y Jeff Mills...La lista sería interminable.

Ese es el punto, ese es su mecanismo y su desarrollo. La música para enrollar cumple su cometido de catapulta y espejo. De bola de cristal y de termómetro de ansias ocultas.

Lógico, el mundo se mueve en esos términos porque el ser humano busca respuestas.

Así respira ¿no?

Wednesday, October 12, 2011

Peldaños con vistas

Reorganizar tus cosas y descubrir que las observas muy poco.

Entre el trasiego de cajas, el movimiento muscular y la sensación de inmersión en aguas de novedad es fácil encontrarse con pequeñas partículas de vida, extractos de situaciones que construyen la memoria y los recuerdos.

Un libro dedicado, un papelito con un dibujo, una servilleta con un mensaje, una pinza para colgar ropa, una moneda, una foto tamaño pasaporte, un recibo o una pequeña piedra, todo tiene su peso y todo tiene un valor que crece cuando se reencuentra con la mano y el ojo.

Así salta a la memoria el color y el aroma, el contexto, la fecha y la sensación de lo que se sujeta en ese recipiente emocional. Entonces se deja de hacer lo que se estaba haciendo y uno se sienta sobre la caja más sólida y por un momento el corazón es más grande que cada peldaño subido con tres cajas al hombro.



Oportunamente los libros, revistas y discos vuelven a lucir sus argumentos. Vuelven a ser líneas a modo de rastro para sortear un salón abarrotado de cartones y cajas por abrir. Y uno renace en el momento en que abre una mochila llena de cosas y encuentra sus camisetas de diario.

Es así, uno renace porque descubre que al apagar la luz la habitación reta al recuerdo buscando ocupar el lugar que ahora le corresponde.