Tuesday, September 20, 2011

Un acto de belleza.

Tantas canciones desperdigadas a lo largo de los años. Emociones por todo lado que resisten recuerdos y olvidos, siempre sobrecoge ver estanterías llenas de discos.

Dentro de ellos se esconden tantas sensaciones y al mismo tiempo tanto silencio. Meses, años, décadas de sonidos, ruidos, melodías, letras y voces. De estrofas, puentes, estribillos y otros trucos para envolver diversas historias que nos acompañan en la medida que busquemos una compañía.



Una compañía que realmente existe. Un contacto compuesto por el pulso cardíaco de nuestro ánimo y por la respiración de su sonido. Luego llega el silencio cuando la luz de esa magia se apaga y todo vuelve a ser calmo y habitual o descarnado y certero, según tercie la sed o la gana de salirse o meterse de uno.



Las canciones siempre están ahí, con sus imágenes repartidas entre notas y acordes, encajando palabras y sentidos, rumbos y conclusiones, interrogantes, afirmaciones, negativas, placeres o sinsabores.



Dirigir la mano y coger el disco y sentir que el disparo llega. Más allá del ejercicio planteado el poro respira igualmente deslizando un dedo para elegir una canción. ¿Qué ocurre entonces?

El sonido invisible entra y sale por la piel convertida en soporte de arquitectura emocional. Otra buena forma de estar vivo ante una textura de indescriptible traducción.

Poder escuchar una canción amada es un acto de belleza, un acto de íntima inmortalidad.

Siempre hay una canción esperando, siempre.

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