Tuesday, September 13, 2011

Cuerpo que encarna el valor.

Justo cuando ocurren cosas inesperadas es cuando llegan causalidades que hacen que todo siga un ritmo determinado. No se trata de azar alguno, se trata más bien de efectos respondiendo a causas, alientos que se corresponden con las respiraciones.

Imágenes, rasgos, palabras convertidas en versos, capítulos o sensaciones, todo lo volátil cobra fuerza y por un instante salta el resorte y uno se entrega al movimiento. Uno sale de uno para volver a uno.

Entonces en ese tránsito es donde se operan esas conexiones, el revivir adecuado de la ocasión, y se late con impulso y combustión. Los ojos y el pensamiento mueven a las manos con fuerza inusitada y las piernas se hacen algo más fuertes y todo acaba ocurriendo entre la sorpresa y el alivio.

Así ocurre la transformación de lo inesperado. Asaltando pechos y cerebros y hurgando en la ansiedad y en lo que se calla. La complicidad del aparente silencio y del deseo mezclan en su eje la posibilidad de algo que puede ser vorazmente esperanzador. Sí, esperanzador, aunque el otro lado del hilo esté ahí, preparado para tensarse a la mínima contracción.

Sí, esperanzador.

Esperanzador como una canción.


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