Justo cuando ocurren cosas inesperadas es cuando llegan causalidades que hacen que todo siga un ritmo determinado. No se trata de azar alguno, se trata más bien de efectos respondiendo a causas, alientos que se corresponden con las respiraciones.
Imágenes, rasgos, palabras convertidas en versos, capítulos o sensaciones, todo lo volátil cobra fuerza y por un instante salta el resorte y uno se entrega al movimiento. Uno sale de uno para volver a uno.
Entonces en ese tránsito es donde se operan esas conexiones, el revivir adecuado de la ocasión, y se late con impulso y combustión. Los ojos y el pensamiento mueven a las manos con fuerza inusitada y las piernas se hacen algo más fuertes y todo acaba ocurriendo entre la sorpresa y el alivio.
Así ocurre la transformación de lo inesperado. Asaltando pechos y cerebros y hurgando en la ansiedad y en lo que se calla. La complicidad del aparente silencio y del deseo mezclan en su eje la posibilidad de algo que puede ser vorazmente esperanzador. Sí, esperanzador, aunque el otro lado del hilo esté ahí, preparado para tensarse a la mínima contracción.
Sí, esperanzador.
Esperanzador como una canción.
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